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SAN TARCISIO
PATRONO DE LOS ACÓLITOS

Hoy la Iglesia goza de libertad en casi todos los países del mundo con excepción de China y algunos países árabes y africanos donde hay mayoría musulmana. Nadie nos mete en la cárcel por ser cristianos. No era así en los primeros siglos cuando la fe cristiana se extendía por los países del Imperio Romano. Los tres primeros siglos de la historia de la Iglesia los cristianos fueron perseguidos; es pues la época de las persecuciones o de los mártires. La misa se celebraba en secreto, y aquéllos que eran descubiertos, terminaban presos e inclusive muertos.

Los apóstoles San Pedro y San Pablo fueron los primeros mártires de la Iglesia de Roma. Después hubo muchos otros que con heroísmo sufrieron la muerte por Cristo siendo quemados, decapitados o devorados por animales salvajes. Una disposición de los emperadores romanos decía:

No hay que ir a buscar a los cristianos, sino que sólo debe castigárseles cuando se hubiera formulado una denuncia, siempre que ésta no sea anónima.

 

Si un acusado se declara dispuesto a dejar de ser cristiano, y lo acredita prestando honores a los dioses, en gracia a su cambio de opinión no debe imputársele su sospechoso pasado.

Si un cristiano se resiste a dar sacrificios a los dioses romanos, será sentenciado a pena de muerte.

 

Entre los muchos mártires de esa época, resalta San Tarcisio - acólito de la Iglesia de Roma - que vivió en el siglo III...

La misa nocturna en las catacumbas, acababa de terminar. El anciano sacerdote informó a sus feligreses: "el día de mañana, muchos de nuestros hermanos encarcelados serán arrojados a las fieras en el circo del Emperador. Para que las fuerzas no les falten, deberán recibir el santo Pan. Lamentablemente, los soldados sospechan de mí y me impedirían visitar a los presos. ¿Quién de ustedes quiere llevar la Eucaristía a nuestros hermanos?" Varios cristianos levantaron la mano. De pronto un muchacho de doce años, Tarcisio, saltó de entre la multitud: "Padre, déjeme llevar el santo Pan a los presos. Con ningún otro estará más seguro". El Padre pensó también que nadie sospecharía de un niño, por lo que le dio una cajita plateada conteniendo el Cuerpo de Cristo. Tarcisio se la colgó del cuello y la tapó con su túnica. Y aferrándola muy bien, abandonó las catacumbas.

Iba Tarcisio por las calles de Roma muy concentrado, cuando de pronto alguien lo jaló del brazo:

- ¡Hey, Tarcisio! ¿Qué pasa contigo? - le gritó un muchacho - Te he pasado la voz tres veces. ¿Estás soñando con los ojos abiertos?

- ¿Qué deseas de mí? – dijo Tarcisio.

- Jugar contigo, pues – contestó otro.

- No puedo en este momento. Estoy muy apurado.

- ¿Ah sí? A ver muéstranos qué llevas ahí bajo la túnica! Seguro es algo que has robado!

- ¡Tonterías! – interrumpió otro chico – Tarcisio nunca roba. Pero igual: yo también quiero saber qué tienes ahí! Muéstranos!

- ¡No! No voy a mostrárselo! – exclamó Tarcisio – Y ahora déjenme ir.

 

Los chicos intentaron quitarle lo que llevaba. Dudando, Tarcisio intentó defenderse contra las patadas, puñetes y golpes con palos que le daban los otros. Debido al alboroto varios adultos curiosos se acercaron, y también se preguntaban qué cosa tan valiosa llevaba el pequeño, que no quería soltarla. Entonces alguien exclamó:

 

- ¡Tontos! ¿No se dan cuenta? Él chico es un cristiano y bajo su túnica lleva a su Dios.

- ¡Un cristiano! ¡Un cristiano! – gritaron ahora diez, veinte voces. Todos querían ver lo que llevaba Tarcisio. Lo fueron golpeando más y más en todo el cuerpo. El chico gritaba de dolor, pero en ningún momento soltó al Santísimo.

 

De pronto, un soldado romano se abrió paso entre la multitud con golpes enérgicos :

- ¡Deténganse! ¿No quieren ser ustedes ciudadanos romanos? Entonces, ¿no les da vergüenza atacar a un niño indefenso? – los regañó.

- El chico es un cristiano que está llevando su secreto – contestó uno de los presentes.

- ¿Y eso… qué tiene? – los miró muy severo –El que vuelva a tocar a este muchacho, se las verá conmigo.

 

Ante la ira del oficial, todos se fueron yendo. Grandes y chicos.

 

Entonces el oficial – que también era cristiano, sólo que nadie lo sabía - se volvió al muchacho malherido, a quien conocía de las misas celebradas en las Catacumbas. "Tarcisio", lo llamó. El pequeño abrió apenas los ojos, y al ver al oficial dijo muy cansado: "No he entregado al Señor".

 

El oficial llevó al chico a casa de una cristiana., que en todo momento continuó aferrando con su mano el Santo Sacramento. Cuando llegaron, el oficial tomó de la mano de Tarcisio la cajita de plata, e inclinándose sobre él, le dijo: "¿Me oyes?". El joven sólo pudo asentir con la cabeza. "¿Tienes aún un deseo?" le preguntó el buen hombre.

 

Enderezándose, Tarcisio quiso decir algo, pero las palabras ya no podían salir de su boca. Con esfuerzo, el oficial pudo escuchar apenas: "Dame el Santo Pan". Así que abrió la cajita plateada, lo cual no fue tan fácil, pues el puño del muchacho la había apretado demasiado. Luego de un momento, pudo el oficial darle la comunión a Tarcisio, quien poco después entró en el Reino eterno.

Este joven mártir murió en el año 257. Su fiesta es el 14 de agosto.